viernes, 31 de diciembre de 2010

Palabras al cierre

El fin de año siempre trae a colación los balances de rigor. Comprensiblemente, muchos querrán borrar de un tirón nuestro 2010 sacudido por las tragedias y poder enfrentar renovados de espíritu el 2011 venidero. Yo, en cambio, en vez de cerrar un año, estoy a horas de concluir un ciclo: llamémosle, por mientras, un ciclo laboral. Estos son mis últimos momentos oficiales como animador cultural de Las Canteras de Colina, el pueblo que me acogió durante dos años y medio con los brazos abiertos.

En estas palabras al cierre por tanto no puedo despedirme sin antes manifestar mis sinceras muestras de agradecimiento a quienes me permitieron conocer un mundo nuevo, una experiencia reveladora, un tesoro aún por descubrir que realmente cautivó mis sentidos.

Y digo reveladora porque -confieso- antes de ingresar a trabajar en este mágico lugar enclavado entre los cerros, solo tenía vagas nociones sobre lo que era una cantera. Y hoy, sin presumirme de experto, puedo hablar con algo de propiedad sobre el proceso de extracción de las piedras que nutren el paisaje urbano de Santiago.

Puedo decir también que cautivó todos mis sentidos porque tras esa apariencia ruda que otorga la dureza de su oficio, se esconden personalidades sensibles, que tienden la mano amiga, siempre y cuando haya respeto por sus costumbres. Por lo mismo, más allá de la formación académica, hoy pienso que la gran clave para guiar cualquier proceso comunitario pasa por sacar el máximo potencial de nuestras habilidades personales.

Sin tener este factor en cuenta, resultaba muy difícil poder generar esa confianza despedazada por cuanta autoridad se haya cruzado en su camino. Y con muy justa razón. Gobiernos de turno, municipios y directivas locales corruptas -de la mano con las inmobiliarias- se han confabulado para perjudicar a los canteros, queriendo avasallar no con años sino con siglos de historia al servicio del país, pasando por la construcción de la Catedral Metropolitana hasta los miles de adoquines que descansan (aún) en algunas de nuestras calles.

¿Cómo se explica entonces que el señor Lavín aún no sea capaz de emitir una resolución sobre la Zona Típica que ya fue aprobada por el Consejo de Monumentos Nacionales, pese a que prometió en agosto pasado una respuesta definitiva?

En las horas de despedida, duele pensar en las cosas que aún están pendientes. Duele pensar que los derechos culturales en Chile sean mirados con total indiferencia. Duele pensar por qué seguimos permitiendo que la riqueza de nuestro pasado no sea entendida también como un factor de desarrollo. Duele pensar que todavía el Estado no asuma como un deber el hecho de garantizar la supervivencia de sus barrios con historia.

Y es que en Las Canteras al menos no hay nada más que comprobar: el trabajo sobre piedra sigue plasmando los rincones de la capital y familias completas de canteros continúan en los cerros, cara al sol, tallando su propia historia. E incluso con la ventaja de tener un verdadero museo vivo a solo 16 kilómetros y medio de Santiago, hay quienes viven empeñados en cortar el hilo que se expresa en el traspaso intergeneracional de esta tradición. La historia está para romperse, pensarán orgullosos estos incautos.

Hoy tengo la camiseta más puesta que nunca por Las Canteras. Por quienes -junto a mi ex compañera Bernardita- nos hicieron sentir hijos ilustres, sin haber tomado un cincel, un combo y un bloque de piedra para trabajarlo. Por todos los que nos obsequiaron una sonrisa por una invitación a una obra de teatro, concierto o visita patrimonial. Por sus dirigentes que incontables veces nos abrieron sus aposentos para compartir una conversación al calor de un plato de comida. Por sus mujeres -y especialmente por ti, Gladys- que nos supieron inculcar los valores del sacrificio y la sabiduría cotidiana.

Apelando a la memoria selectiva, los mínimos sinsabores de la experiencia prefiero dejarlos atrás. Mejor me quedo con la sensación de que, en términos aritméticos, en este camino de dos años y medio no hice más que sumar, sumar y sumar nuevos aprendizajes.

miércoles, 9 de junio de 2010

Que comience la función...

Algo extraño sucede con la percepción del tiempo en la antesala de un Mundial. Parece que el reloj no quiere hacer su pega o que juega intencionalmente con nuestra impaciencia. Pienso en tantos otros que, tales como yo, aguardan con desesperación el inicio de la mayor fiesta deportiva del orbe, aquella que funde a un país completo en un sueño colectivo cada cuatro años.

El Mundial es un evento que estremece a los fanáticos, pero también mueve los sentimientos de los más escépticos, quienes seguramente algo tendrán que decir para no quedar al margen de la conversación que girará sobre un solo tema durante un mes. En el caso de los más reacios, no hay mucho que hacer. Ellos seguirán creyendo obstinadamente que el fútbol no tiene otra ciencia más que correr detrás de una pelota.

Probablemente se aburran o pataleen. Le echarán la culpa al fútbol de todos los males, lo sindicarán como un arma de las elites para aplastar las conciencias críticas o simplemente pedirán espacio para temas más relevantes. Olvidan que la tesis que lo apuntan como “opio del pueblo” es uno de los tantos enfoques en que el fútbol se puede analizar, no siendo el único.

Es más -y aquí concuerdo con dos antropólogos brasileños que hicieron un estudio notable del fútbol como fenómeno cultural, altamente recomendable *- dicha visión empobrece el debate pues ignora que el fútbol trasciende las fronteras de la cancha, se involucra con las esferas más amplias de la sociedad y merece ser tratado con la seriedad debida por las ciencias sociales.

Sólo es cosa de ver cómo los intelectuales han mirado con desprecio al fútbol, asumiendo que detrás del fenómeno se esconde una mano negra que manipula a las masas como marionetas. O más grave aún, algunos ni lo consideran digno de mención pese a la devoción que genera en buena parte del mundo. Pero por suerte los futboleros tenemos a otros que son capaces de mirar más allá de su propio ombligo como Galeano y Vázquez Montalbán, que sí han podido enlazar fútbol con –por ejemplo- política, lo que para muchos es equivalente a mezclar agua con aceite.

No se trata tampoco de absorber con total sumisión todo lo que proviene de los medios sobre este Mundial. Es más, Galeano no esquiva en su análisis -siempre crítico- el daño irreparable que ha provocado la salvaje irrupción del dinero dentro del fútbol, robándole parte de su tesoro más preciado: el amor por la camiseta, la irreverencia o, más concretamente, el jugar por jugar, como diría Sabina.

A dos días del pitazo inicial aún me aferro a la íntima esperanza –tal como Galeano- de que algún “descarado carasucia” pueda romper los esquemas de este fútbol conservador que el negocio lucrativo se ha encargado de moldear. Y si no se da, como es esperable, presiento que nosotros, los que nos criamos comiendo fútbol, estaremos igual frente a la pantalla expectantes, dichosos y afortunados por ser partícipes de una nueva fiesta, más aún ahora que la selección chilena vuelve a las grandes ligas después de 12 largos años.

Tampoco puedo dejar de asociar a los Mundiales con una parte significativa de mi historia de vida. Lamenté que mi hermano haya hecho pedazos mi álbum de México 86; no pude ver en vivo el salto del camerunés Omam-Biyik contra Argentina en Italia 90 por mis deberes de alumno; me sobrecogí con el crimen del colombiano Andrés Escobar en Estados Unidos 94; también empapelé a chuchadas a Bouchardeau y no pude evitar el llanto cuando el austríaco Ivica Vastic nos clavó esa daga que aún no se borra en Francia 98; madrugué para ver cómo por centímetros Uruguay no podía clasificar a segunda fase en Corea-Japón 2002; y también maldije a Materazzi apenas consiguió sacar de sus casillas a Zidane, quizás el último gran genio que tuvo el fútbol mundial.

¿Qué recordaremos de Sudáfrica 2010? Dentro de un mes y dos días lo sabremos. Que el reloj se apiade de nosotros. Que comience la función…

* "Fútbol y cultura" de Ruben G. Oliven y Arlei S. Damo.

lunes, 3 de mayo de 2010

El peso de la historia

Podrán decir que ya no canta, que sus mejores tiempos no son precisamente los actuales, que ya no está para estos trotes o cosas similares. Pero en su defensa hay que decir que quien se acerca hoy a un concierto de Patricio Manns no va en busca de una voz primorosa ni nada de eso. Más bien acude a una cita con la historia.

Con 72 años a cuestas y de un recorrido envidiable como cronista de nuestra realidad, Manns representa una época superlativa de creación en la música chilena, desde sus temas como solista que conforman nuestro más selecto repertorio hasta sus continuas participaciones con conjuntos de iguales pergaminos. Quizás eso ayude a explicar por qué pese a la escasa difusión de su recital, el hombre aún sea capaz de reunir una buena cantidad de seguidores a su alrededor.

Lo de ayer estuvo lejos de ser una exhibición musical del cantautor, salvo por el virtuosismo de su percusionista y sus dos guitarristas. Poco importó que desafinara, que entrara a destiempo en algunas estrofas o que simplemente olvidara las letras a pesar de contar con un atril que le refrescaba la memoria. Intuyo que la gente que asistió el sábado 1 de mayo (día emblemático, cómo no) al Teatro Cariola sabía de antemano con qué se iba a encontrar al momento de pagar una entrada y por lo mismo apostó por la trayectoria más que por el presente.

Porque quizás cuántas de las personas que anoche concurrieron al mítico recinto de calle San Diego tienen una historia personal ligada a alguna canción de Patricio Manns. Cuántos trozos de vidas esparcidos en el tiempo no se reconstruyeron al son de una melodía suya. O tal vez el simple ejercicio de recordar, de “pasar por el corazón” como dice la etimología de la palabra, nos mueva a suspender por dos horas nuestra abrumada rutina para ingresar en un estado de catarsis colectiva.

De otra forma no se explica tanto magnetismo. No se está ante un aparecido, sino ante una leyenda viva de la música nacional que por diversas razones (algunas más que evidentes como ese deporte tan nuestro de despreciar todo lo que brote de esta tierra) todavía no logra ser relevado como un imprescindible de la cultura chilena.

Acertadamente Manns –quien fue antecedido por el trovador Marcelo Ricardi y el grupo de música andina Ilpa Kamani- se inclinó por un repertorio probado, con canciones emblemáticas que fueron coreadas con entusiasmo por casi todos. Pero tampoco se debe olvidar que la velada de antenoche tenía como propósito presentar su nueva producción tras siete años de “abstinencia discográfica”.

Le llamó “La tierra entera” y en la breve muestra que ofreció en el recital asoman temáticas acordes a los nuevos tiempos, condenando el desastre ecológico generado por las mineras (“En Pascua Lama”) y la represión brutal que sufre el pueblo mapuche aun en democracia (“Araucarita”). En lo estrictamente musical vuelve a poner en relieve su afición por los boleros como el tema que da nombre al disco.

Capítulo aparte merecen sus composiciones antiguas -pero más desconocidas- donde encandila con su lúcida pluma como “La canción que te debo” (dedicada a su madre), “Canto esclavo” y la chacarera “Ya no somos nosotros” (por más que César Isella le insinuara que en realidad no era chacarera, sino que “una hueá chilena”).

No obstante aquello, uno de los momentos más sentidos se generó en su interpretación de “Cuando me acuerdo de mi país”, acaso la mejor canción chilena escrita en el exilio y sobre el exilio.

La poca sincronización de Manns fue aplacada por sus dos guitarristas que le dieron una “manito” ajustando los tiempos a su medida. Bastaba mirar los rostros desconcertados de los instrumentistas para notar su incomodidad, apenas disimulada por sonrisas cómplices entre ambos. Igual de jocoso fue el momento en que recordó dos de las canciones compuestas junto a Horacio Salinas (“Vuelvo” y “Medianoche”) donde se animó de hablar del “Inti Prehistórico” para referirse a una de las facciones del grupo.

Pocos artistas en Chile se dan el gusto de cantar en un teatro casi repleto aunque la calidad vocal ya no sea la de antes. Patricio Manns sí se puede tomar esa licencia porque más de 50 años de carrera así lo avalan. Seamos justos: en vivo tampoco resulta una tortura para el oído como muchos han esgrimido. Algunos le llamarán oficio; otros, credibilidad; mas para mí es simplemente -como dirían algunos periodistas deportivos- el peso de la historia.

domingo, 11 de abril de 2010

Rolando que vas remando

" (...) Cuando el tema pasa a ser folklórico se pierde el autor, pero pasa ser propiedad del pueblo, entonces Rolando es propiedad del pueblo. Los cabros chicos de kinder bailan 'Doña Javiera Carrera' y no saben quién la escribió, pero la bailan o la cantan. Rolando debe estar contento con eso, o sea, logró el objetivo". (Gabriel Rock, ex integrante del grupo Huiracocha)


L
a serena mirada de la fotografía de portada nos predispone de buena manera a sumergirnos en la vida y obra de uno de los artistas que dejó más huellas en el país y que no obstante hasta ahora había sido relegado a un rol secundario. Tanta información difusa motivó a Manuel Vilches y Carlos Valladares a escribir “Rolando Alarcón, la canción en la noche” (Quimantú), primer intento biográfico sobre el músico chileno, cuyas melodías –recuerdo- solían amenizar los almuerzos familiares de mis tardes infantiles, gracias a un roñoso casete compilatorio.

De ahí en más, la figura de Rolando quedó grabada en mi mente, mucho más que cualquier otro músico de raíz folklórica, pues me parecía que sus canciones eran simples, directas y, sobre todo, fáciles de retener en la memoria. Así también me sucedió con su voz, la que sin ser un prodigio ni mucho menos, tenía un sello personal muy marcado.

Con el tiempo pude saber algo más de su trayectoria como artista, aunque no lo suficiente para hacerme una idea más o menos cabal sobre su real influencia en el espectro musical chileno. Pero para salvación de todos los que nos creemos sus seguidores, muchos de los misterios que rondan su paso por esta tierra quedan resueltos en esta investigación, cuyo principal propósito -señalan los autores- es hacer “un mínimo primer acto de justicia” por su abnegada labor en pos de enaltecer la cultura nacional y latinoamericana.

El libro persigue la misma senda trazada por Alarcón. Posee un estilo de redacción y lenguaje al alcance de todos, para lectores primerizos y no tanto, sin preciosismos ni teorizaciones complejas, tal como la impronta que marcó Rolando en su trabajo artístico: sencillez y cordura en su justa expresión.

En diez capítulos, el texto desnuda las facetas más desconocidas de la vida y obra del cantautor nacional, pero paralelamente devela inéditos pasajes de la historia de la música chilena, por lo cual -creo- se alza como un documento indispensable de consulta para quienes pretenden adentrarse en los misterios de la proyección folklórica, el Neofolklore y la Nueva Canción Chilena.

Su incursión en estos tres movimientos no deja lugar a dobles lecturas y así queda de manifiesto en el estudio: Rolando Alarcón es, sin duda, uno de los pilares de la música nacional, aunque muy pocos se hayan preocupado de relevarlo al lugar que corresponde.

En términos de contenido, el libro -para mi gusto- tiene varios méritos que vale la pena consignar, porque si bien hace una cerrada defensa del legado del cantautor, no evade los temas más conflictivos que marcaron a fuego su carrera artística. Y aunque casi tres cuartas partes de la investigación abordan al Rolando “músico profesional” (principalmente a partir del tercer capítulo) lo cierto es que su vocación de profesor cruza todo el desarrollo del libro. Así se puede observar no solo en las salas donde hizo clases, sino también en sus composiciones, en su forma de establecer relaciones sociales y, en general, en su manera de entender la vida.

Parte importante de esa vocación pedagógica despertó en su paso por la Escuela Normal de Chillán, experiencia descrita minuciosamente a través de testimonios de compañeros y familiares. Ahí también se mencionan sus primeras afinidades con la música, que incluía una sorprendente y (para mí) anónima aptitud como pianista.

Señala más adelante el texto que por estar “en la terna superior del curso” en la Normal chillaneja, Alarcón fue facultado para elegir libremente donde ejercer como profesor. Escogió Santiago y no se equivocó, porque la Escuela 62 de calle Buzeta 669 (actual comuna de Cerrillos) le obsequió incontables alegrías.

A propósito de eso, en mi opinión, el libro acierta en recurrir a anécdotas que hacen incluso más distendido el relato, como aquella en que una apoderada reclamó acaloradamente contra los profesores de la escuela porque vendían “pollos en la Estación Central”: durante algún tiempo Rolando -paralelo a su labor de profesor- había conseguido un puesto de vendedor en la empresa Codipra para generar ingresos extras.

Es en este colegio donde sus cualidades humanas y su efectivo método de enseñanza musical (había sido designado “dedocráticamente” por el director como profesor especializado de música, reseña el libro) son motivo de elogiosos comentarios, tal como lo recuerdan quienes compartieron con él. Casi de forma unánime los testimonios describen su capacidad para concitar la atención de los alumnos y también, por qué no decirlo, algunos de sus arrebatos que, sin embargo, no lograron eclipsar sus virtudes, mucho más expuestas en éste, su libro biográfico.

Como decía anteriormente, a partir del tercer capítulo se descubren sus primeros pasos como músico hecho y derecho desde su participación en el grupo Cuncumén. Sobresale por cierto una exploración hemerográfica contundente y un cúmulo de citas de entrevistados que contribuye a recrear una imagen mucho más nítida de sus intereses musicales. Siguiendo esta idea (y en lo que me parece otro aporte significativo, ahora en términos técnicos), en algunos pasajes el texto entrega distintas versiones sobre un mismo hecho, lo cual a mi juicio denota cierta precaución en los autores para no dejar al libre albedrío la fragilidad que experimenta la memoria para traer a colación recuerdos tan lejanos.

Un repaso puntilloso sobre la fortuita conformación del conjunto Cuncumén (donde Rolando asumió como director) luego de un viaje en 1953 al Cuarto Festival Mundial de las Juventudes en Bucarest es el punto de partida para una serie de valiosas minihistorias, que desconozco si estarán relatadas en otras publicaciones. Las supuestas diferencias “sociales” entre el Cuncumén y el Millaray; la gira al sur junto a Violeta, Angel e Isabel Parra que fue interrumpida por el terremoto de 1960 (donde aparecen elocuentes testimonios que se asemejan irónicamente con la tragedia reciente) y la explicable ira de Rolando por la malintencionada inscripción del nombre “Cuncumén” de otro de sus integrantes son algunos de los subtemas que merecen especial atención, entre tantos otros.

Ya con varios discos a su haber con el Cuncumén (más otro grabado en solitario para el sello Folkways en Estados Unidos), Rolando decidió vencer el pudor de mostrar sus propias composiciones e inició su camino como solista.

Luego, explica el libro, no tuvo inconvenientes para tender puentes con los intérpretes del Neofolklore; es más, muchos de los temas de Alarcón serán parte de los repertorios de Las Cuatro Brujas y Los Cuatro Cuartos, dos de los grupos más emblemáticos del movimiento. Y es que a pesar de ya manifestar una posición política concreta, la intolerancia estaba muy lejos de ser un rasgo típico de su personalidad.

Precisamente uno de los primeros trances que debió afrontar Alarcón pasó por una de sus canciones, grabada por Las Cuatro Brujas. Se trataba de “¿Adónde vas, soldado?”, una refalosa pacifista (compuesta en tiempos de las invasiones estadounidenses a Vietnam) que no obstante derivó en alocadas “municiones” de un lado para otro. Bien vale la pena repasar esta disputa que concluyó de la manera más impensada y jocosa.

Dos de las peñas más renombradas de los 60 ocupan un lugar preferencial en el relato: la peña de los Parra y Chile Ríe y Canta. Las diferencias entre las dos propuestas eran notorias por el tipo de público que asistía y sus elencos artísticos, pero al autor de “Si somos americanos” poco le importaba. Nunca se hizo problemas para presentarse indistintamente en ambos recintos, dejando en claro su espíritu pragmático y carente de dogmatismo.

Esta etapa ya coincide con su primer disco solista y aquí comienza a perfilarse como uno de los compositores más identificados con lo que luego se etiquetó como Nueva Canción Chilena, cuyo epicentro sería la peña de los Parra. Si alguien osa cuestionar la importancia de la casona de calle Carmen (cuya fachada hoy está demolida), Angel Parra se encarga de defenderla con contundentes testimonios, en otro de los instantes luminosos del libro.

La investigación prosigue regalándonos sabrosas anécdotas como el “coprolálico” encuentro de Alarcón con Violeta Parra en La Reina. Y aunque a esta altura, el maestro normalista empieza a acumular aplausos por su segundo disco (donde se reafirman sus ideas americanistas), también padece otra desventura en el circuito como la censura que sufrió su canción “Se olvidaron de la patria” bajo el gobierno de Frei Montalva.

Ya está dicho: Rolando no era un hombre particularmente “elitista” y, tal como lo refrenda el libro, buscaba imprimir a todas sus canciones su sello pedagógico. Por eso no tuvo ningún “inconveniente ideológico” para abrirse paso en un escenario tan masivo como el Festival de Viña del Mar con “Niña, sube a la lancha”. En algunas líneas, Nano Acevedo aprueba la flexibilidad del creador de "Mocito que vas remando", esgrimiendo que al “enemigo” había que ganarle “por dentro”.

Dicha búsqueda de masividad le permitió abrazar los ritmos de moda, sin que por ello olvidara la raíz folklórica. Dos temas “go-go” en su tercer disco le valieron reparos hasta de sus compañeros músicos como Patricio Manns, pero nada de esto mermó la intención de innovar en su repertorio; recogió algunas canciones de la Guerra Civil Española y grabó una nueva producción ahora con una casa discográfica de su propiedad (Sello Tiempo), decisión que habría incidido -declaran muchos entrevistados-en la dificultad para localizar sus trabajos.

A la par con la efervescencia política de entonces, el libro muestra a un Rolando mucho más explícito en su posición ideológica. Se trasluce en sus nuevos discos, se palpa en sus discursos. Y como el texto no descuida detalles, nuevamente abre la puerta para explorar “pildoritas” que no solo tienen que ver con Alarcón, sino con la música chilena en general. Así, se vuelve casi obligatorio echar un vistazo por los entretelones del Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, organizado por el gran Ricardo García.

Poco antes de la asunción de Allende, Rolando concretó vastas actividades. Tras ganar en Viña con “El hombre” consiguió ser invitado al Festival de Cosquín, donde, como bien señala el texto, los artistas extranjeros cumplían un rol “casi decorativo”, igual que hoy. Interesante también es notar con qué energía participó en el mítico Tren de la Cultura, ya con la Unidad Popular en el poder. Pero no todo era color de rosa para él ni para sus amigos más entrañables. Especialmente para uno, Pedro Messone, quien cuenta en el libro de una gran batahola en el Segundo Festival de la Nueva Canción Chilena, donde él salió muy perjudicado. Acostumbrado a primar la amistad por sobre todas las cosas, Rolando acudió en ayuda de su “admirado compañero de ruta”, según consigna el texto.

Pero si ese episodio había afectado en demasía al compositor de “Doña Javiera Carrera”, el que vendría posteriormente llegaría a límites insospechados. El libro trata este tema controversial con suma delicadeza, sin caer en el sensacionalismo y con una mirada crítica sobre ciertas actitudes partidistas. Se trata de la injuriosa noticia aparecida en uno de los diarios de oposición a Allende donde se difundió groseramente la orientación sexual de Alarcón. El asunto es polémico, sin duda, y el recato de los entrevistados es fiel prueba de la incomodidad.

En ese sentido, los autores describen una “nebulosa” en torno a la militancia o no del profesor primario en el Partido Comunista. Entre tanta aseveración, surge una muy potente: en un caso de extrema “rigidez valórica” -como dice el texto- Rolando habría sido impedido de ingresar al PC por su condición homosexual. Algunos lo desmienten y otros lo insinúan, pero una cita muy oportuna extraída de las memorias del dirigente comunista Luis Corvalán deja entrever que efectivamente su colectividad incurrió en actos discriminatorios hacia Alarcón.

En plena época de la UP, además, era normal que se cayera en descalificaciones de un bando hacia otro, y en muchos pasajes el libro evidencia este ambiente enrarecido, principalmente por los ácidos comentarios de la prensa opositora a las presentaciones y nuevos discos de Alarcón.

Siempre entusiasta, Rolando participó activamente de las giras de Chile Ríe y Canta por todo el país lideradas por René Largo Farías. Pero aquel verano de 1973 pretendía restarse. No se sentía para nada bien de su estómago. Una úlcera amenazaba con amargar su estadía en el norte de Chile, afección que nunca se esmeró en comentar a su círculo íntimo, señala el libro en su penúltimo capítulo. Le “cargaba” ir al médico, expresan otras voces.

Como en tantos momentos de su vida, la voluntad le ganó el pulso al dolor físico e igualmente se sumó a la nómina de viajeros, aunque esta vez el retorno a Santiago le traería la peor de todas las sorpresas.

Era el principio del fin de la vida de Rolando, cuya “absurda” muerte en el Hospital Salvador produjo (como era de esperar con una figura deslumbrante de la cultura chilena) conmoción en el país, salvo para algún sector de la prensa odiosa que festinó sin tapujos el trágico hecho. El libro da a entender que el repentino deceso pudo “evitarse” de no mediar su extrema discreción a la hora de tratar su enfermedad, originada -según sus cercanos- por su agitada vida social, que le demandó un gasto colosal de energía en todo lo que emprendió con su voz y guitarra comprometida.

No obstante su temprana desaparición a los 43 años, las canciones de Rolando siguieron su propia senda y muchas de ellas forman parte del patrimonio musical chileno. La primera gran biografía del “padre de la ternura” (como lo describe Osvaldo Torres) se comporta a la altura del homenajeado. Para que nunca más alguien se atreva a ignorar su semilla fecunda como músico, profesor y ser humano.

domingo, 29 de marzo de 2009

Perú vs. Chile: la culpa es de los chovinismos

Ciertos hombres para distinguirse
fabricaron sus escudos y blasones
cual si fuera un loco signo de la vida
numerarse tras un trapo de colores
numerarse tras un trapo de colores…”
(Ciegas banderas, Víctor Heredia)


Cuando los jugadores esgrimen que un partido de fútbol no se asemeja en nada a una guerra, me temo que apuntan exclusivamente al sentido belicoso y devastador del término. Es casi una perogrullada: en una cancha no está en juego el territorio de una nación y quienes participan en ella pueden salir lastimados o malheridos, pero en contadas ocasiones muertos producto de la refriega (salvo en las gradas donde sí tenemos ejemplos macabros en nuestra historia reciente).

Según mi punto de vista, un partido de fútbol parece una guerra no en esa horrorosa arista descrita con antelación, sino en otra, especialmente cuando los contendores son selecciones que representan a un país: un ejército de 11 patriotas -escogidos por ser los más preparados física y mentalmente- que se juegan el honor de dejar en alto tu bandera; guiados por un estratega que debe saber cómo atacar territorio enemigo y cómo defender el propio y que no tiene que dudar cuando sea necesario darle un vuelco a dicha estrategia.

Aunque todo esto sea factible en el terreno de lo simbólico, quizás eso ayude a entender parcialmente por qué en un contexto globalizado en que las identidades parecen diluirse en aras de la uniformidad, el fútbol asome como una instancia catalizadora de estos sentimientos nacionalistas. Claro que cuando se sobredimensionan las perversiones ajenas más que las virtudes propias, derivan inevitablemente en bajezas ideológicas como el chovinismo, la xenofobia, el racismo, etc.

Ideas que por cierto se hacen más patentes en enfrentamientos “clásicos” condimentados por rencillas históricas. Qué decir de un Inglaterra vs. Argentina donde uno, sólo uno, pudo limpiar el orgullo herido y despedazado por una guerra fraticida, a punta de gambetas imparables en 1986.

Por estos motivos cuesta entender cuando a pocas horas de un nuevo “clásico del Pacífico” algunos insistan en separar taxativamente la política del fútbol, como si la primera nunca hubiera sacado réditos del segundo, como si ambos corrieran por rieles separados. Estamos de acuerdo: sea cual sea el resultado de hoy, Chile no devolverá el Huáscar y Perú no desistirá en su demanda marítima en La Haya. Pero es de una ceguera endémica ignorar que en este “clásico” afloran cargas emocionales inevitables que -tratándose de dos países vecinos con traumas históricos difíciles de resolver- sobrepasan con holgura los límites "racionales" y terminan en aversión mutua. Más aún, cuando existe alguna desavenencia en boga.

Se dice reiteradamente que a los niños peruanos desde la cuna le enseñan a odiar todo lo que se relacione con Chile; que sus hombres violaron mujeres en la Guerra del Pacífico, que fueron invasores, algo así como los imperialistas de nuestra sacudida América del Sur. Cierto o no, olvidamos también que, tal vez de una forma más solapada, esa misma historia escrita desde el conservadurismo más recalcitrante es la que ha copado nuestras aulas, reforzando el supuesto “espíritu guerrero” chileno que derramó sangre para vencer a dos pueblos “inferiores”.

La receta, tan útil para ocultar nuestras propias miserias, se replica en el día a día (el dueño del almacén de la esquina que te dice que “hay que bajarlos otra vez del Morro”, el grotesco chiste de un cómico callejero en Plaza de Armas sobre la “invasión” peruana en el centro de Santiago) y se acentúa en campos de batalla virtual como en el fútbol, tiñendo de exaltación patriótica las páginas deportivas.

De una forma mucho más directa, la prensa peruana incurre en descalificaciones baratas que intentan crear una atmósfera beligerante; los jugadores posan en circunspectas fotografías portando atuendos militares para enaltecer la figura de Miguel Grau y sus zagueros dicen que defenderán con cuchillos si es necesario. Del lado chileno -con un tono más inocente pero igual de ofensivo- la obsesión patriotera linda con lo gracioso: en plena portada de La Cuarta, la hockista Tadish Prat -sobrina tataranieta de Arturo Prat y campeona del mundo con las “Marcianitas- se transforma en una voz “autorizada” para opinar sobre este partido. Cosas del fútbol, dicen los entendidos.

Los foros que aparecen en el periodismo digital tampoco dejan espacios para dobleces por el carácter cuasi anónimo e invisible de los internautas. La artillería es pesada: “cholos”, “rotos”, “indios” y un sinnúmero de (des)calificativos que se fortalecen en el imaginario social y que solo contribuyen a mantenernos distantes, aun cuando tenemos muchas más cosas en común que las que nos separan.

Espantado, recordé en otro foro del diario La Nación de Argentina cómo un usuario, refiriéndose a la derrota trasandina ante Chile en octubre pasado, no daba crédito a que su selección hubiese perdido ante “Deportivo Mapuche”, como calificó al combinado chileno adiestrado por Bielsa. ¿Habrán tenido internet a mano los mapuches que viven en la Patagonia argentina y que tienen fuertes lazos con sus hermanos en Chile para sopesar tanta ignorancia junta?

Ah, obvio, quiero que igual ganemos. Mal que mal, soy de una comunidad imaginaria llamada Chile. Si eso ocurre, ojalá no elijamos el camino de la soberbia y podamos celebrar sin enrostrarle nada a los peruanos. Misión difícil. Es cosa de darse una vuelta por los sitios de internet después del partido.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Las cadenas del "insilio"

("Intento" de discurso leído en la ceremonia de premiación del concurso "Escrituras de la Memoria 2008", Centro Patrimonial Recoleta Dominica, 20 de diciembre de 2008)

“Acá se habla mucho del exilio, pero no he leído nunca nada del insilio”. Estas palabras de uno de nuestros entrevistados, Pedro Aceituno, de Curacas, un grupo que nació en la peña de los Parra (antes del golpe), me marcaron profundamente y me hicieron entender que íbamos por la senda correcta. El “insilio”, ese exilio interior, el exilio en el propio país, la poca valoración del trabajo cultural hecho a mano y sin permiso, han marcado la existencia de los artistas que debieron lidiar contra viento y marea en las circunstancias más oprobiosas que conoció nuestra patria.

Esta obra viene muy humildemente a pagar una deuda pendiente no sólo con los artistas alternativos de la época que participaron en las peñas, sino con todos aquellos dirigentes, pobladores y disidentes al régimen que sacrificaron hasta sus vidas con tal de volver a respirar bajo un clima democrático.

“Los hombres sin historia son la historia; grano a grano se forman largas playas”, decía Silvio Rodríguez por ahí. Yo agregaría para no discriminar: “Los hombres y mujeres sin historia, son la historia”. Parece ser este un completo resumen de la labor de estos artistas: héroes sin capa, sin plazas ni calles que los recuerden, pero que de forma larvada –en las peñas, en las poblaciones, en sindicatos y universidades- dieron un paso sustantivo en impregnar de luz un período de neta oscuridad, con sus canciones semiclandestinas y metafóricas.

Por eso, fue muy saludable comprobar que el término “apagón cultural” corrió sólo por parte del oficialismo, con su televisión empalagosa y sus diarios permisivos, porque subterráneamente se multiplicaron como margaritas, centros culturales, compañías de teatro, actos solidarios, como nunca en otra época de nuestra historia. O sea, apagón cultural, sí, pero oficial; al mismo tiempo emanó un florecimiento cultural alternativo con una fraternidad, sentido y fuerza trascendental, cuyo primer eslabón –creemos- fueron las peñas que surgieron en el centro de Santiago.

En estas peñas, en estos minúsculos recintos armados a puro ñeque, con luz de vela y una breve tarima, los artistas estaban lejos de creerse superestrellas. Por algo se paseaban entre las mesas, conversaban con el público aprovechando la penumbra, cortaban frutillitas para el borgoña y hacían el aseo. No bastaba con llegar, subir y cantar en el escenario; era una cuestión de supervivencia del arte y todos debían aportar por igual.

El apagón definitivamente se apagó, aunque quienes debieron soportar las penurias en medio de la barbarie, todavía están sumidos en los tentáculos del olvido, en estas férreas cadenas del “insilio” que se hace necesario romper.

Esperamos sincera y modestamente haber contribuido al menos a aflojar estas cadenas del insilio… Muchas gracias.

lunes, 4 de agosto de 2008

Schwenke & Nilo: Los 29 años de un viaje

En Chile, por lo menos, el matrimonio es una institución en crisis y por ese mismo motivo se agradece tanto que la unión entre Nelson Schwenke y Marcelo Nilo se siga prolongando por 29 años a pesar de los pesares.

El lugar elegido para celebrar la víspera de los 30 fue el mismísimo Teatro Cariola, otrora escenario de multitudinarios conciertos de oposición a la dictadura militar, época en la cual el dúo valdiviano tuvo la difícil misión de difundir por la capital sus temas de refinada denuncia y poesía.

Este sábado 2 de agosto el recinto de calle San Diego no dio abasto para recibir a tanta gente que seguramente siguió y sigue de cerca la carrera de estos cantores que con casi nula presencia mediática –tanto en dictadura como en post dictadura- se han ganado un singular espacio en la historia de la música chilena.

Es cierto: los años tampoco pasan en vano y obviamente el desgaste de las voces se hace sentir, pero los grandes atributos escénicos del dúo permanecen invariables. Tanta circunspección en los textos se ve matizada en los escenarios gracias a la provocativa lengua de Nelson, algo así como la “parte cómica” del binomio, capaz de hacer estallar en carcajadas al público y sonrojar hasta a su propio compañero.

El recital fue parte del ciclo “Canto con historia” que organiza Apablaza Producciones en el Cariola y sirvió para demostrar que los mensajes de las canciones que marcaron un hito en la cultura alternativa de la época pueden ser perfectamente adaptables a la realidad de hoy. Por eso, en el concierto alternaron los temas de su último disco (Volumen 8) con aquellos que sin ninguna duda se convirtieron en verdaderos himnos de esa juventud y que desde la óptica de hoy hacen reverdecer los sueños de una utopía social que se derrumbó como un frágil castillo de arena.

Por supuesto, el sur de Chile es un referente obligado en sus canciones. No olvidemos que ambos se conocieron siendo estudiantes de la Universidad Austral de Valdivia y en cada interpretación brota de inmediato esa añoranza por el exuberante paisaje de la zona. “Ruta Sur”, “Lluvias del sur”, “Allá en el sur”, “Valdivia 1960” (canción que recuerda el terremoto de aquel año) y “El Canelos” (barco de carga que se hundió luego de la catástrofe), fueron temas que apuntaron a la nostalgia de valdivianos y chilotes que se dieron cita este sábado.

En lo particular, mi admiración por el trabajo de Schwenke y Nilo es muy profunda, aunque no tan antigua. A mediados de la década del noventa, lo único que había escuchado era una palabra, en un dialecto extraño tal vez, algo así como “Chuenquinilo”. Aunque si fuerzo mi memoria, recuerdo haber pasado alguna vez por la feria Santa Lucía y haber visto en algún paño tendido algún casete del dúo, probablemente el Volumen 1, editado el año 1983.

¿Qué me impresionó cuando pude escucharlos gracias al sabio consejo de un amigo? Primero, el nivel de las letras, capaces de articular un reclamo, un deseo de justicia, expresado de una forma elegante y distinguida. Sin duda, una fórmula necesaria para esquivar la mordaza implacable, pero que los catapultó dentro de los grupos nacionales –creo humildemente- que alcanzó mayor vuelo poético del denominado Canto Nuevo.

Musicalmente hablando, me llamó la atención su búsqueda incesante por definir un estilo propio, tomando raíces de la tradición trovadoresca latinoamericana, pero también abiertos a la incorporación de instrumentos electrónicos. La evolución más notoria se devela a partir de su tercer disco, donde existen sutiles guiños hacia ritmos característicos de otras latitudes. Aún así, sigo pensando que sus dos primeras producciones (donde están presentes “El viaje”, “Lluvias del sur”, “Pate’ vaca”, “Nos fuimos quedando en silencio”, “Con datos de la Unicef”, “Hay que hacerse de nuevo cada día” y tantos otros “emblemas”) son realmente insuperables. Injusto sería dejar fuera a Clemente Riedemann, poeta valdiviano que escribió las letras de muchos de estos himnos.
Por eso, siempre me es saludable volver a Schwenke & Nilo. Porque en plena era informática me hizo regresar a los viejos y roñosos casetes. Porque volví a sentir el aroma del sur y hasta de la Kunstmann valdiviana en cada una de las letras. Porque pude ver nuevamente al “Canelos” tumbado en el Calle-Calle. Porque confirmé la vigencia de sus canciones. Y sobre todo porque se hacía urgente una noche de poesía en una ciudad cada vez menos generosa en sus afectos.

jueves, 31 de julio de 2008

Por el sendero del Indio

El hombre que aparece justo a la izquierda –era que no- curiosamente podría ser considerado uno de los grandes olvidados de ese gran movimiento que se llamó Nueva Canción Chilena.

Ese mismo personaje, de pómulos salientes, tez morena, melena al viento y extremadamente delgado, se entregó por entero con tal de recuperar y hacer perdurar en el tiempo esas tradiciones que de no ser por su intervención se hubiesen perdido en las cenizas del olvido.

Por eso, el homenaje que se le brindó ayer a Héctor Pavez Casanova en la Sala SCD Vespucio no pudo ser más oportuno para un artista que impactaba con su sola presencia, dueño de un vozarrón capaz de conmover al más imperturbable y cuya partida el 14 de julio de 1975, pleno exilio en Francia, no hizo más que ahondar la pesadilla y orfandad de aquellos tristemente célebres años.

Pero por suerte el “Indio” Pavez -bautizado así por un papel de “ona” que desempeñó en la obra “Fuerte Bulnes”- se pudo clonar en su hijo, el “Gitano” Pavez, a quien le heredó no sólo su parecido físico, sino que su pasión, talento y valentía en custodia de nuestros valores culturales más elementales.

Precisamente Héctor Pavez Pizarro, hijo también de una gigante como Gabriela Pizarro, encabezó junto a su Folkband un emotivo tributo que se extendió por más de tres horas y que contó además con la presencia de Diego Dana, Jorge y Marcelo Coulon, Alexis Venegas y Chamal.

Un poco de su vida

A Héctor Pavez Casanova, el “Indio”, se le reconoce un papel clave en la recopilación folklórica en el archipiélago de Chiloé, aunque sus orígenes no están allá, sino que en un barrio santiaguino que respira historia por todas sus paredes. El barrio San Eugenio, allá cerca de la calle Exposición, de pasado ferroviario, donde todavía yacen varados los oxidados trenes de la maestranza, donde aún resuenan los ecos de un gol en el estadio del mítico Ferro-Bádminton, ese fue el sector donde el pequeño “indiecito” iniciaba su aventura.

Actor por instinto, cantor por opción. Esa podría ser una frase que resume la vida de este verdadero gestor cultural, que una vez hechizado por el folklore, quiso impregnarse de la vida de los chilotes. Y grabadora en mano, rincón por rincón, supo de sus ricas tradiciones, pero también conoció el esfuerzo diario y la segregación de sus habitantes. Comenzaba a forjarse en él las primeras luces de su conciencia social.

Al “Indio” le debemos el rescate de una obra tan popular en nuestro cancionero como “El lobo chilote”. Le debemos también, ya en su fase más política y comprometida con el gobierno de Allende, “La cueca de la CUT”, popularizada por Inti Illimani.”. Y aunque siempre dejó en claro su simpatía por las políticas adoptadas por la UP, nunca perdió de vista su vocación de seguir proyectando el folklore de Chiloé.

Lamentablemente la salud le empezó a jugar una mala pasada en 1973, fecha de pesares y angustias, de dolores y tormentos. Su corazón padecía una afección y hubo que instalarle una válvula para que respondiera adecuadamente en julio de aquel año. Tal vez fue un aviso de que el mes de la patria no sería del todo benevolente.

Y bueno, llegó el golpe, y como tantos artistas identificados con la canción social, pasó a engrosar la “lista” de los perseguidos por el régimen. Pero se negó a guardar silencio. Por eso junto a otros artistas planificó una reunión ante algunos oficiales para pedir explicaciones por lo ocurrido con los cantores, encuentro que detalló a René Largo Farías en su exilio.

¿Las respuestas? “El folklore del norte no es chileno”, “la Cantata Santa María es un crimen de lesa patria”, “nada de flauta, ni quena, ni charango”.

Pavez partió al exilio en 1974 y desde Francia siguió denunciando las tropelías que cometía la dictadura en Chile, por supuesto, empleando el arte como herramienta política. Pero su “corazón maldito”, enfermo de salud, de destierro, de añoranza, de angustia, de “andén” (como diría Patricio Manns), le informó que era preferible no continuar su aventura terrenal. Y se despidió sin previo aviso.

Hoy sus restos mortales descansan en el mismísimo cementerio Père Lachaise, aunque se rumorea que su maltrecho corazón partió en un viaje expreso rumbo a su amado Chiloé para retomar su color y vitalidad.

martes, 15 de julio de 2008

La cueca, nuestra cueca

Para algunos, el “alma” nacional; para otros, un baile aburrido y monótono que sólo amerita soportarlo un 18 de septiembre; para los nuevos jóvenes, una instancia donde respirar libertad. En fin, resulta innegable que la cueca, vilipendiada y adorada al mismo tiempo, es una manifestación cultural omnipresente en cada uno de los que pisamos este alargado terruño.

Esa irrefrenable pasión que derrochan quienes realmente sienten en la piel la cueca, no había permitido detenerse a pensar en sus implicancias dentro de la sociedad, su relación con la identidad y las diversas formas que adquiere en cada rincón específico de nuestro Chile.

Con ese objetivo en mente, nació la idea de organizar un ciclo de conversaciones sobre la cueca en la Biblioteca Nacional. Gran mérito, por cierto, recae en Karen Donoso, Licenciada en Historia de la Usach: se esmeró, consiguió a los panelistas, moderó la jornada y más encima la difundió por sus propios medios junto al Archivo de Literatura Oral.

Habría que decir también que la iniciativa se explica por el progresivo interés de cientos de jóvenes que concurren en masa a disfrutar de los “cuecazos” que tienen lugar en restaurantes y locales capitalinos como “El Chilenero” y “El Huaso Enrique”, un fenómeno, sin duda, digno de análisis.

Distinguidos invitados, extractos de material audiovisual, debates concienzudos pero a la vez aterrizados, preguntas con y sin respuestas, música, pañuelos y caras sonrientes fueron parte del sugerente cóctel que ofrecieron las cuatro jornadas de reflexión.

El valor de la cueca urbana

Sin la más mínima intención de extenderme en el tema, quisiera compartir algunos de los puntos más relevantes que hablaron los participantes y que me parece atendible reseñar.

Uno de ellos, me parece, lo aportó la estudiante de Historia de la PUC, Araucaria Rojas, en cuya intervención delineó parte de su investigación sobre la cueca durante la dictadura militar reciente. Muy interesante porque durante este período de nuestra historia, puntualmente el 18 de septiembre de 1979, fue declarada “danza nacional” a través del decreto ley Nº 23.

Lo anterior no deja de ser relevante pues a partir de esta normativa, se produjo una reedición y reafirmación de la llamada “cueca huasa” (fortalecida durante el régimen de Carlos Ibáñez del Campo en 1927) que propendía a una “estilización y falsificación de lo popular”.

Visto de esta manera, la cueca se convirtió en un “paradigma de la chilenidad”, dice la autora, borrando de cuajo las identidades múltiples que ella convoca según la diversidad y riqueza cultural que emana de nuestro territorio.

La esquematización y monotonía en que cayó la cueca, con pasos bien calculados, atuendos postizamente recargados y consignas más bien patrioteras, terminó por arrebatarle su embrujo de antaño, alterando su esencia de ancha libertad que en otras épocas inspiraba.

Por esto mismo, otro panelista, el gran cultor Mario Rojas, ha sostenido en reiteradas oportunidades que este decreto aniquiló el verdadero sentido de la cueca.

“La chilenidad no es sólo la cueca”, “la cueca no debe ser asociada a los emblemas”, “la cueca ha jugado un rol en la chilenidad pero no obligadamente debe ser representada a Chile”, “uno no es menos chileno porque no le guste la cueca”, fueron algunas de las frases que tiró sobre la mesa el creador del sitio www.cuecachilena.cl.

Por último, dos cosas que me parece prioritario mencionar sobre la jornada de cierre del viernes 11: la peculiar situación de los realizadores Carlos Saravia y Luis Parra con su serie de documentales “La cueca es brava” y la intervención magistral del musicólogo Rodrigo Torres Alvarado.

Resulta que la productora “Ganso Cojo” –administrada por Saravia, Parra y otros dos colaboradores- realizó un trabajo extraordinario (con apoyo del Fondo de la Música) donde se internan en lo más hondo del espíritu popular para rescatar la vida y entorno de 16 grupos cuequeros de Santiago y Valparaíso en 12 capítulos. ¿El problema? Sólo puede ser exhibido por la señal internacional de TVN y está denegado para la televisión abierta. Insólito.

Las palabras finales no son sólo de respeto, sino de admiración hacia la obra de un tremendo estudioso, un musicólogo de renombre que tuvo la dicha de compartir amistad con dos de los máximos referentes de la cueca en Chile, como son Hernán “Nano” Núñez y Roberto Parra. Él es Rodrigo Torres Alvarado, quien en su alocución analizó la vertiente urbana de esta expresión musical en el convulsionado Santiago.

El musicólogo de la U. de Chile aseguró que este cúmulo de jóvenes ávidos por reanudar el espíritu libertario de este “género” es el reflejo de “una nueva escena cuequera en Santiago”. Una hornada de “neocuequeros” que rebasaron “el canon oficial folclorizado” y crearon una cueca ciudadana, liberada de los amarres que la propia dictadura quiso perpetuar. Una especie de “neotribalismo contemporáneo” donde el eje está puesto en lo artístico-festivo.

Así, Torres califica a este “movimiento” como "uno de los procesos más singulares del fenómeno musical chileno post-dictadura”. Una frase a todas luces concluyente respecto a la revitalización de la cueca por parte de las nuevas generaciones.

Una jornada de clausura impecable para una iniciativa que sin apariciones mediáticas ni nada por el estilo, permitió develar muchos de los misterios que encierra, querámoslo o no, nuestra danza nacional, ante lo cual no queda más que agradecer.

lunes, 30 de junio de 2008

“Doña Javiera” su patria libre quería

• Similar a la heroína de la Independencia, la peña fundada por Nano Acevedo en 1975 también quería liberar la patria a punta de canciones. Cuando la bota militar aplastaba los sueños, cuando el puro hecho de soplar una quena era motivo de sospecha, ahí, en ese contexto, este mítico reducto cumplió una decisiva, soterrada y poco reconocida misión cultural.

• Este viernes tuvo lugar la penúltima jornada del ciclo “Música y Compromiso” en el Centro Cultural España, con un homenaje a la primera peña “comprometida” que nació luego del golpe militar.

Contó alguna vez Nano Acevedo que su adoración por la figura de Javiera Carrera partió desde muy niño cuando devoraba libros de la Independencia de Chile. Admiraba su consecuencia, sus ideales, su valentía, fineza y “su mirada orgullosa”, como dice el popular tema de Rolando Alarcón.

Cuando a Acevedo le tocó hacer frente a la barbarie dictatorial, cuando hubo que decidir si dormirse en los laureles o dar la pelea, él tuvo la firme convicción de instalar una peña en 1975 que sirviera de refugio a los cantores postergados, en calle San Diego, al frente del Teatro Caupolicán. Otra decisión hubiese significado desconocer su propia historia.

Y cómo no: la bautizó como “Doña Javiera”. ¿Habrá sido como parir un hijo? Nano nunca lo sabrá, pero algo de eso tiene que haber.

“Doña Javiera” fue la primera peña nacida como respuesta a la dictadura, cuyo propósito era brindar un espacio a artistas que habían sobrevivido a la insolencia castrense y que se mostraban contrarios a los postulados de los militares en el poder. De ahí se desprende uno de sus tantos méritos, pero en absoluto es el único.

Con pocos recursos y acechados por la mano negra de la persecución, el recinto fue un verdadero semillero de creación entre 1975 y 1980, presentando en el modesto tablado a lo más granado de los artistas “disidentes” a los que naturalmente los megacircuitos culturales les cerraron las puertas y soportando constantes redadas policiales.

Hoy muy pocos reconocen la enorme contribución de “Doña Javiera” a mantener intactos los cimientos del canto durante la época de la sinrazón, porque cuando gobierna la desmemoria es mucho más cómodo y facilista caer en los tentáculos del olvido. He ahí para mi gusto la importancia de homenajear a esta peña que fue la primera entre tantas otras que derrocharon solidaridad en aquel convulsionado Santiago.

El homenaje al “natalicio” número 33 de “Doña Javiera” se realizó este sábado en el Centro Cultural España y fue la penúltima jornada del ciclo “Música y Compromiso” que por tercer año consecutivo viene cumpliendo una admirable tarea en el rescate de nuestras raíces.

Con vino navegado y sopaipillas para los asistentes, desfilaron por el escenario artistas consagrados y emergentes, tal como le gustaba alternar a Nano Acevedo en su peña. Fernando Ubiergo, Eduardo Yáñez, Alejandro Gallo, Leonardo Recabarren, José Cerpa, Ventanal, Taller Calahuala y Curacas, fueron algunos de los solistas y grupos que extendieron la jornada por cerca de cuatro horas ante un público entusiasta pero también respetuoso.

Quiero destacar la presencia de Voces del Trumao, un conjunto más bien de bajo perfil en el cancionero nacional, pero que demostró por qué acumulan tantos años en esto del canto. En particular, su director Nelson Gallardo deleitó con su interpretación de “Cantor de oficio”, aquella emblemática canción del argentino Miguel Ángel Morelli.

No quiero tampoco pasar la oportunidad de dirigir unas palabras para el “cuasi-poeta” Toño Kadima, que todavía lucha desde la trinchera cultural con su Taller Sol en Plaza Brasil. Este hombre que influido por la plástica y la poesía deambulaba población por población buscando sobrepasar los miedos en un clima de espanto, dejó en claro que así como “Doña Javiera”, otras peñas nacidas en el centro de la capital –como “La Parra” que él fundó- también aportaron su granito de arena para sacar al caballero de su trono.

El cierre de la jornada no pudo ser mejor. De eso gran responsabilidad le cupo al Grupo Antillanca que presentó una obra titulada “El Chiloé de ayer” -por lo que recuerdo- donde se recrearon las danzas de la isla en un espectáculo que conjugó teatro y música. Un corolario de lujo para una noche de ensueño en que por única vez se vio a “Javiera” revivir en gloria y majestad.

martes, 13 de mayo de 2008

La lira popular: noticiero del pueblo

La historiadora del arte Carolina Tapia presentó este viernes 9 de mayo un valioso estudio sobre las liras populares en Chile, que permitirá a los nuevos investigadores seguir descubriendo el enorme valor histórico y patrimonial que ellas contienen.

La lira popular fue una expresión cultural de considerable fuerza en parte del territorio chileno, sobre todo en los sectores más pobres de Santiago. Este tipo de literatura que se publicaba en grandes hojas se posicionó durante el siglo XIX y principios del siglo XX como un referente válido para enterarse de los sucesos cotidianos; era el espacio que tenían los poetas populares de la época para opinar (e informar) sobre diferentes temáticas -crímenes, desastres, situaciones políticas contingentes- en forma de décimas. En los kioscos de antaño gozaban de gran reputación y se vendían, en lenguaje de hoy, “como pan caliente”.

Otra de las “gracias” de estas gigantescas páginas era que incluían ilustraciones en la parte superior que reforzaban el contenido del texto. El problema de estas obras –conocidas también como “literatura de cordel” porque en Europa los vendedores ofrecían los pliegos colgados de una cuerda a un poste o un árbol- era que carecían de las fechas de impresión, lo cual impedía un análisis comparativo más “científico”; por ejemplo, la relación entre el periodismo formal y esta manifestación de clara raigambre popular.

Por esta razón, el trabajo de la historiadora del arte Carolina Tapia resulta digno de elogio. Lo que hizo esta estudiosa fue tomar una de las tres colecciones que existen en el país, donada a la Biblioteca Nacional por el filólogo alemán naturalizado chileno Rodolfo Lenz (1863-1938) y datar la mayoría de estos versos que por equis motivo no contaban con las fechas, pero sí con los nombres e inclusive el domicilio de sus autores, entre ellos Rosa Araneda, Juan Bautista Peralta, Daniel Meneses y Bernardino Guajardo, cuatro de los poetas populares más reconocidos de la época.

Cinco años de abnegada labor más el apoyo de un Fondart que ganó el año 2007 le permitieron terminar de muy buena manera su investigación, cuyo resultado fue un CD-ROM con toda la información recogida y una exposición que tuvo lugar este viernes en la Sala América de la Biblioteca Nacional.

Para lograr su objetivo, Carolina Tapia se preocupó de buscar rigurosamente en la prensa de aquel período cada uno de los hechos que motivaban la impresión de estos pliegos que se comercializaban en ferias, mercados, estaciones de ferrocarriles y, en general, en lugares apartados de Santiago y otras ciudades de Chile.

La profesional dijo este viernes que logró datar el 73 por ciento de las hojas de la prestigiosa Colección Lenz y también agradeció la ayuda prestada por Micaela Navarrete, Jefa del Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares de la Biblioteca Nacional y una de las personas que más ha bregado por dimensionar el aporte cultural de estos versos.

El único reparo quizás sea el paralelo un tanto apresurado que hizo Tapia entre estas liras populares –bautizadas de esta manera por el poeta Juan Bautista Peralta a modo de sátira contra una revista de carácter “culto” llamada Lira Chilena- con el diario La Cuarta. Sin embargo, su apuesta es una notable contribución y estímulo para que otros investigadores sigan profundizando su mirada sobre estas piezas patrimoniales de inobjetable calidad, pero que habían sido hasta nuestros días “ninguneada” por la elite académica.

domingo, 11 de mayo de 2008

No bastaba con rezar

La milagrosa intromisión del DVD en nuestras vidas ha permitido, entre tantas otras cosas, poder repasar piezas invaluables del cine mundial en un formato cómodo, transportable y de buena calidad. Y también por qué no, tesoros escondidos de la filmografía chilena, títulos que marcaron un hito en determinadas épocas y que sólo en contadas ocasiones podemos hallar en un videoclub.

Una de esas cintas cruciales es “Ya no basta con rezar” (1972), del médico porteño Aldo Francia, destacadísimo hombre, uno de los representantes más genuinos de nuestro patrimonio fílmico. Debo reconocer que hace algún tiempo me obsesioné por ver esta película, desde que pude contemplar el afiche promocional tan decidor y emblemático de un sacerdote que se apresta resueltamente a lanzar una piedra en señal de protesta.

Por cierto, el puerto principal es el telón de fondo de éste, el segundo largometraje del doctor Francia después de “Valparaíso, mi amor”. Ambientada en el año 1967, su mirada sobre Valparaíso es sincera y compasiva, pero no menos comprometida, con sus encantos naturales y dramas humanos, donde los niños y sus rostros desencajados capturan una atención especial, derivada de las rondas del director por los cerros porteños en su rol de pediatra.

“Ya no basta con rezar” es el reflejo de una sociedad convulsionada, fragmentada hasta el límite, algo perdida en su dirección y ávida de cambios radicales. No se puede soslayar que el arte en 1972, plena época de la Unidad Popular, pasó a ser directamente una herramienta política en pos de la consolidación de un sujeto revolucionario o del “hombre nuevo” (que en realidad debiera haber sido “mujer nueva” también); dentro de ello, el cine no fue la excepción.

Tampoco podemos pasar por alto que la nueva directriz de la filmografía chilena –en la cual se enmarca este trabajo audiovisual- surge a partir de las conclusiones del Festival de Cine de 1967 en Viña del Mar, cuyos puntos principales aluden a la línea anti-colonialista de sus cultores y su opción por elaborar películas desde una perspectiva continental.

La arista específica de la que se vale Francia en este filme es la religiosa. Son tiempos en que las jerarquías eclesiásticas católicas aparecen cuestionadas por su extremo conservadurismo y escaso apego a las necesidades sociales más elementales. Desde la otra vereda, emana una corriente alternativa conocida como Teología de la Liberación, que luego del Concilio Vaticano II comienza a ganar adeptos en una Latinoamérica “oprimida”: cristianos comprometidos con desterrar las injusticias que aquejan a los más pobres e involucrados con sus pesares terrenales más que con sus probables designios celestiales.

Ese precisamente es uno de los cuestionamientos que empiezan a atormentar la mente y el espíritu del padre Jaime (Orlando Romo), un novel sacerdote a cargo de un policlínico para atender a pobladores afectados por una epidemia de tifus. Su corazón se estremece al ver la miseria a la que están condenadas miles de personas en los cerros porteños; actúa, no elude su responsabilidad y siente que debe ir mucho más lejos de lo que predica la misma iglesia.

Tras enterarse de una huelga que han iniciado los trabajadores en un astillero cuyo propietario es un conocido multimillonario de la zona, se enciende en el sacerdote la mecha que aún yacía apagada. Invita a sus obispos interlocutores a escuchar sus demandas, pero es ignorado. Paulatinamente, se va interiorizando en el quehacer cotidiano de los obreros, intenta hacer las veces de mediador con el gerente de la fábrica en toma y es testigo de la dura réplica policial cuando los trabajadores alzan la voz, hasta que finalmente abandona su “cubículo” en la parroquia y participa con ellos en la lucha.

La aparente tranquilidad que concede el presente quizá impida un análisis más certero de esta película. Hablamos de una época de polarización absoluta, teñida de blancos y negros, en que adoptar una postura a medias tintas no estaba entre los códigos socialmente permitidos. Con los ojos de hoy, claro está, parecerá una cinta militante, tal vez panfletaria, pero algún defensor podrá contraargumentar que era el papel que debía cumplir el arte en esta, por decir algo, peculiar etapa de nuestra historia.

“Ya no basta con rezar” es un documento que dibuja una de las innumerables caras de ese Chile contradictorio y bullente, cargado de insuficiencias sociales, pero también abierto al debate y a la discusión. De ese Chile que si bien había perdido la brújula, no le temía al conflicto y se prodigaba en construir una sociedad mejor, aunque en ese intento se fuera la vida.

Esa misma faja de tierra en la que muchos sacerdotes tomaron el “ejemplo” del padre Jaime y se esmeraron en llevar un mensaje auténticamente cristiano a los más desposeídos. Me atrevo a decir que, sin estar dentro de los propósitos de Aldo Francia, esta cinta reservó un homenaje para todos aquellos “curas del pueblo” que desde sus modestas capillas brindaron abrigo a los perseguidos durante la tiranía.

Los 80 minutos de duración de la cinta son, inconscientemente para el director, un tributo para Mariano Puga, Roberto Bolton, André Jarlan, Raúl Silva Henríquez y tantos otros anónimos que no les bastó rezar y que no escatimaron esfuerzos para atender las súplicas de quienes precisaban cobijo en ese Chile herido por un golpe feroz.

viernes, 18 de abril de 2008

Noche transpirada

Escuchar música en vivo por las noches es uno de mis máximos placeres. He pasado por conciertos frenéticos en estadios, algo más moderados en teatros, pero si me dieran a elegir, prefiero los micro-recitales, esos con tarimas modestas y pequeñas, luz tenue, mesas, sillas y un clima de intimidad. El Barrio Bellavista ofrece numerosos locales de este estilo y, bueno, hace algún tiempo me seducía la idea de visitar el bar restaurante “La casa en el aire” para presenciar los famosos “Martes de Sabina”, un tributo musical al genio de Úbeda.

La fachada de “La casa en el aire” luce motivos similares a los de la Brigada Ramona Parra; su estética de inmediato nos introduce en un recinto de claras convicciones izquierdistas. Las paredes en su interior están tapizadas con recuadros alusivos a emblemas revolucionarios, los baños se dividen en “compañeros” y “compañeras”, y, junto a las mesas del fondo, un letrero alude a su línea anti-imperialista. El bar es de propietarios colombianos y se declara “digno heredero” de la peña de los Parra en los 60 y el Café del Cerro en los 80. Rasgos que me hacen recordar lo que alguna vez nos mencionó el trovador Eduardo Peralta, respecto a que estos nuevos locales creados en democracia serían ahora la reconversión de las antiguas peñas santiaguinas.

Es cierto: me agrada mucho escuchar música en espacios pequeños porque creo que la interacción es más rica y se puede evaluar con mayor certeza la calidad interpretativa del conjunto que está enfrente. Lo que descoloca un poco es ver tanto afiche, tanta palabrería desperdigada y tanta consigna combativa en un local donde el puro hecho de tomar la carta de tragos y comestibles provoca urticaria: los precios, en términos concretos, tienen muy poco de revolucionarios.

También recuerdo un comentario -en otro contexto pero que quizá viene al caso- que nos hizo alguna vez un dirigente y gestor cultural de la Población La Victoria en los durísimos años de dictadura. Este poblador llamado Sigi Zambra estaba a cargo de la organización de actos solidarios culturales donde participaban cantores improvisados del mismo sector y él creía que en las peñas establecidas en el centro de la capital se “transpiraba revolución”. Dicho de otra manera, que no eran auténticas, que eran ficticias, que eran un montaje, que la resistencia real no se daba ahí sino en los suburbios, en los sectores más vulnerables, donde la misma gente que estaba en las barricadas decía presente en un acto artístico, donde la solidaridad era algo espontáneo.

Ahora bien, siento que efectivamente los que llegaron hasta “La casa en el aire” este martes -entre los que me incluyo- “transpiraron revolución”. No me complace ni me convence del todo el discurso de estos recintos, por más que la complicidad de su reducido espacio crea un ambiente apropiado para un espectáculo de calidad. Entiendo que sea un negocio, que sus dueños necesitan subsistir; también es reconfortante saber que brindan cobijo a expresiones musicales alternativas. Pero de ahí a cobrar lo que cobran por cada trago o por cada tabla, da como para sospechar sobre sus reales propósitos. Sí, puede parecer polémica mi postura, pero de eso se trata.

Respecto al conjunto que tributa a Sabina, hay que decir que es de altísimo nivel, muy diferente a lo que pude presenciar hace algunas semanas en el Café Brazil en otro homenaje. Estos cinco músicos de “La Banda de las Noches Perdidas” (aludiendo por supuesto a una de las tantas canciones estremecedoras de su repertorio) comprobaron este martes por qué llevan casi dos años tocando sin interrupciones en “La casa en el aire”. Lejos de reproducir sagradamente las versiones de Sabina, el grupo tiene un sello, sus integrantes se complementan casi a la perfección (pese a que estrenaron nuevo baterista), transmiten empatía con el público e incluso se atreven a elaborar arreglos propios en muchos temas. Incluso se reforzó mi idea inicial de que oír a Sabina con el apoyo de una banda resulta un deleite sin igual, pues su propuesta se aparta del molde de trovador convencional que normalmente conocemos, ese en solitario y con guitarra acústica.

Los temas clásicos no faltaron; tampoco los más desconocidos. Una mixtura ideal para los fieles devotos sabinistas que en Chile de a poco se multiplican y se hacen sentir. Es muy bueno que existan estos homenajes y también que se le dé tribuna a un tipo de canción que siempre navega a contracorriente; lo malo es que para disfrutarlos a concho hay que gozar de un suculento presupuesto, algo difícil de encontrar en el santiaguino promedio. Lamentablemente, creo que el acceso a esta clase de locales todavía es restringido para el grueso de la población que no maneja grandes volúmenes monetarios.

Esta vez me di un lujo y si bien “La casa en el aire” reúne condiciones técnicas y un ambiente adecuado para un espectáculo de calidad, vale la pena hacerlo sólo una vez a las quinientas. Para poder llegar a fin de mes, digo yo no más.

Ah, ¿que cuánto me salió la cuenta? Bien, gracias…

jueves, 10 de abril de 2008

Víctor, ciudadano del mundo

En un repleto Galpón Víctor Jara, se lanzó la primera edición oficial en Chile del libro "Víctor, un canto inconcluso" de la bailarina y viuda del cantautor chileno, Joan Turner.

Joan Turner, aquella bailarina inglesa que cautivó con sus ojos azulados a nuestro Víctor Jara, aparenta ser una persona de gesto serio. Su rostro luce incólume, como si estos años de duelo desde la trágica partida de su amado trovador ya no hicieran mella en su corazón. Pero la verdad es que no. La figura de Víctor sigue presente más que nunca en su memoria, claro que cuando decidió lanzar su libro testimonial en 1983 tuvo que luchar arduamente contra sí misma, pues en ese momento su compañero aparecía por esas interminables noches encarnado en una pesadilla más que en un sueño.

Quizás cuántas preguntas ha debido soportar acerca de la muerte de su multifacético Víctor, esa muerte heroica que finalmente lo terminó transformando en un mito más que en un ser de carne y hueso. Quizás cuántas veces ha visto repetidas sus imágenes en blanco y negro cantándoles a los niños pobladores, al trabajador, al obrero, al campesino y también al amor, como lo hace un auténtico cantor popular. Quizás cuántas veces ha repasado la fatídica jornada en que pudo ver su cuerpo salvajemente acribillado a balazos por la barbarie dictatorial. Y sin embargo, ella sigue ahí, desde su Fundación, bregando para que la lección que nos dejó Víctor como músico, director de teatro y sobre todo como ser humano se siga propalando hasta el fin de nuestros tiempos.

Pero Víctor antes de ser un mito, antes de ser un icono al que todos recurren cuando se trata de evocar un pasado revolucionario extinto, antes de ser un simple estampado en una polera, era un hombre. Un rebelde no de la boca para afuera, sino que desde la cotidianeidad de su hogar, compartiendo con sus hijas, haciéndole trencitas en su cabello, dedicando canciones a su amada bailarina europea, despierto ante la oleada de injusticias que sufrían los más necesitados. Su única arma era la guitarra y, claro, algunos creyeron que por contar “las verdades verdaderas” esa guitarra era capaz de lanzar balas y simplemente intentaron borrarlo de la faz de la Tierra. Digo intentaron porque el objetivo no lo lograron: hoy Víctor es una persona que escapa de las fronteras nacionales para ser un ciudadano del mundo.

Pasaron 25 años desde que Joan Jara publicó sus memorias en el extranjero sobre la vida llevada con nuestro cantor popular. Un libro conmovedor, vibrante, sublime, que tuve la posibilidad de leer hace un tiempo gracias al Bibliometro, titulado “Víctor Jara: un canto truncado”. Sorprendentemente aún no había sido editado oficialmente en Chile, pero ayer por la tarde la espera se acabó. Con aportes del Fondo del Libro, la Fundación Víctor Jara y LOM Ediciones relanzaron su biografía más íntima y completa, una historia de lectura casi obligatoria para los que quieren adentrarse en la dimensión humana y artística del cantautor chileno, ahora con un nuevo título: “Víctor, un canto inconcluso”. Título con el que Joan quedó mucho más conforme.

Por el Galpón Víctor Jara aparecieron cientos de personas ligadas a la cultura, al periodismo y a organizaciones de derechos humanos; muchos de ellos, por cierto, admiradores de la vida y obra del malogrado cantautor, como el integrante de Inti Illimani, Jorge Coulon; el escritor José Miguel Varas; los actores Erto Pantoja y Daniel Alcaíno; el trovador Francisco Villa; la cantante Rebeca Godoy; la dirigenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, Viviana Díaz; el líder de Leguayork, Lulo Arias; representantes del Sindicato de Cantores Urbanos y la reconocida periodista Mónica González, encargada de presentar el libro.

Después de exhibir un recital de Víctor en la televisión peruana, donde se ven reflejadas sus sólidas convicciones, su claridad conceptual, su profundo compromiso social y la dulzura de su voz tan intrínsecamente campesina, el silencio dio paso a la emoción, cuando la periodista detalló aquellos pasajes del libro que relatan el encuentro de Joan en la morgue con el cuerpo sin vida de su ser amado.

Lulo de Leguayork, por su parte, llamaba a no cortar el eslabón, a seguir el ejemplo de vida que nos legara Víctor, a continuar rescatándolo del olvido, a no abandonar la lucha en un país donde, según él, “en vez de vivir se sobrevive”.

Y Joan, tan lúcida como siempre a pesar de todo, le puso punto final a una jornada maravillosa. No pudo sino con un hilo de voz entregar esas palabras finales, hablando sobre las increíbles muestras de solidaridad que recibió en el exterior gracias a la estatura moral que tuvo Víctor durante su corta pero prolífica existencia. Como por ejemplo en el norte de Japón cuando pudo ver para sorpresa suya un coro de 50 niños nipones cantando “Luchín” o cuando el mismo pueblo le dio la bienvenida con cientos de carteles pegados en árboles. Su recompensa, toda su gratitud está contenida en este libro, ideal para repasarlo en tiempos de desidia, decisivo para comprender cuán equivocados estaban quienes quisieron destrozar su guitarra y acallar su voz. Hoy su canto brilla, deslumbra y habita en todos los ciudadanos del mundo que tienen el don de la esperanza.

domingo, 9 de marzo de 2008

Colo Colo 73: El equipo terapéutico

Si hay algo que siempre proclamo a los cuatro vientos es mi pasión a veces extralimitada por el fútbol. Tampoco he escondido mi orgullo de ser colocolino desde que tengo uso de razón. No obstante, debo aclarar que mi intención de ver este documental, en estricto rigor, poco tenía que ver con el fútbol y con Colo Colo, pese a que ambos están involucrados en esta producción. Hace algunos años mientras estudiaba en la universidad, comencé a entusiasmarme por averiguar esas peculiares relaciones que siempre han existido entre la política y el balompié, pero que en Chile aún no se detectan como en otras latitudes. En Argentina, por ejemplo, más allá de la veneración y las altas cuotas de irracionalidad que genera, es una disciplina incorporada a los estudios en ciencias sociales. Sociólogos, antropólogos y periodistas se unen para explicar en términos mucho más aterrizados y exhaustivos por qué el deporte rey es capaz de aglutinar tantos feligreses en torno a una pelota o por qué se dice a veces que es la verdadera religión pagana de los pueblos.

“Sabor a victoria”, del periodista de Chilevisión Víctor Gómez (coautor de “Miguel: La humanidad de un mito”), se interna en los detalles del Colo Colo ’73, un equipo que marcó una época. Un equipo que con figuras rutilantes estuvo a un tris de ganar una inédita Copa Libertadores para el fútbol chileno. Un equipo que tenía todo para alzar el trofeo continental, pero que terminó siendo abiertamente perjudicado en los tramos finales y cuyos jugadores, pese a todo, quedaron con ese sabor, un sabor a victoria. Ese equipo que consiguió entregar un respiro, un alivio durante 90 minutos de fiesta y de jolgorio, en un país sobrepasado por el conflicto y la división, cuya historia concluyó súbitamente todos sabemos cómo.

Creo que de partida hay que decir que son escasos los trabajos periodísticos en Chile que abordan globalmente los nexos entre fútbol y política, fútbol y sociedad, fútbol e identidad. Por eso, este documental es ampliamente recomendable no sólo para los fanáticos de este deporte o los hinchas de Colo Colo, sino que para todo quien se interese en descubrir esa particular –y muchas veces tormentosa- utilización que ejerce el poder político sobre una actividad de profundo impacto social como es el fútbol.

El trabajo de Gómez, a mi modo de ver, cumple cabalmente con lo que se compromete, por más que tenga deficiencias en cuanto a la elección de las fuentes a consultar. El periodista visualiza ese arraigo popular que tiene Colo Colo, desde siempre identificado con ese señor que se levanta a las 5 de la mañana, con esa señora de manos curtidas que se mata por sacar adelante a sus hijos, con ese niño de cara sucia que aguarda desesperadamente un pedazo de pan. Ahí aparece Carlos Caszely, símbolo del Cacique de aquellos tiempos, contando la efervescencia que provocaba el equipo en la gente común y corriente, cómo llegaban al Estadio Nacional en micros atiborradas, con banderas, en patota, en familia, como antes, con la única esperanza de ver ganar al club de sus amores, volver satisfecho a casa y olvidar un poco el drama cotidiano de las colas y tantos traumas más.

“Sabor a victoria” tiene el mérito, como decía, de conjugar aunque por separado la campaña de Colo Colo durante esa Copa Libertadores y el potente significado que representó en una época tan convulsionada. Entre los entrevistados aparecen el mentado Caszely, Francisco “Chamaco" Valdés, Leonardo Véliz, Guillermo Páez, Mario Galindo, Adolfo Nef y Leonel Herrera, explicando las virtudes individuales y grupales que poseían los albos, sin duda, uno de los mejores planteles de la historia del balompié nacional. Pero además se repasan las inquietudes sociales que algunos miembros del club compartían en torno al proyecto de Salvador Allende, sus posturas a favor de la igualdad y la democracia y, sobre todo, una nítida conciencia sobre el momento que atravesaba Chile. De esta línea precisamente eran los “díscolos” Véliz y Caszely, futbolistas pero también hombres pensantes, no ajenos a las vicisitudes del día a día.

El documental revela que en general en el plantel no había claridad sobre lo que representaba Colo Colo en tiempos de crisis. Y ahí asiste uno de los puntos más acertados del trabajo de Gómez, para mi gusto, y que no es otra cosa que mostrar el grado de indiferencia y superficialidad que rodea al mundo del futbolista y que lo acompaña hasta el día de hoy. Personas que, salvo excepciones, no parecen conmoverse con su entorno, que viven exclusivamente del fútbol y para el fútbol, poco interesados y capacitados en esgrimir opiniones acerca de lo que pasa alrededor suyo. Un vicio y un estigma, sin dudas, que sigue persiguiendo a los jugadores y que cada día se encargan de engrandecer.

Poco hay que decir sobre el apoyo de las imágenes: simplemente notable. Según supe, fue un trabajo de hormiga hallar las tomas de las jugadas y los goles de Colo Colo ’73. Absoluto mérito de Víctor Gómez. Lo que queda un poco cojeando diría yo es indagar más a fondo en este supuesto uso político que hizo la Unidad Popular del cuadro del mítico “Zorro” Álamos, el mismo que acuñó la frase de la marraqueta que era más crujiente y del té que era más dulce cuando los albos ganaban. Una frase que casi con total seguridad es la síntesis del rol que le tocó cumplir a Colo Colo en esos instantes de tensión extrema.

Los mismos jugadores narran las invitaciones a La Moneda y la empatía que generó en muchos de ellos la figura de Allende. Pero no hay por ejemplo menciones ni entrevistas a ex personeros de la UP que validen una supuesta utilización política premeditada, como por ejemplo sí se puede demostrar para el Mundial de 1978 en Argentina, donde la dictadura de Videla y compañía creó específicamente una entidad para organizar el torneo y donde sólo a cuadras del Estadio Monumental de River Plate –en la ESMA- se violaban los derechos humanos salvajemente.

De todos modos, es innegable que durante el gobierno de Allende si bien aparentemente no había una estrategia planificada de aprovechamiento político dirigida al fútbol, sí le sirvió como bálsamo social, como un oasis en medio del desierto, como muro de contención en medio de la avalancha. Por eso algunos se atreven a sostener que Colo Colo 73 fue el equipo que retrasó el golpe militar. Una hipótesis que no aparece reforzada en el trabajo audiovisual, pues sólo se remite a rescatar testimonios, opiniones, de los jugadores involucrados, más la voz de connotados periodistas como Alberto “Gato” Gamboa. No he tenido el gusto de leer el libro de Luis Urrutia O’Nell y Juan Cristóbal Guarello donde se sustenta tal tesis. En un plazo cercano lo haré, pues al menos en el trabajo audiovisual no se especifica tan nítidamente.

Los pormenores sobre el posible arreglo de los partidos finales contra Independiente, los golazos de Caszely contra Unión Española y Emelec, el histórico triunfo en el legendario Maracaná ante Botafogo, la particular visión de juego del sabio “Zorro” Álamos y la excentricidad del paramédico Hernán “Chamullo” Ampuero, son parte de los hitos que contiene este sabroso documental. Pero más allá de eso, lo que verdaderamente importa es que, considerando ciertas limitaciones según mi humildísima opinión, hay periodistas en Chile que se atreven a extender la mirada mucho más allá de la cancha misma. Que poseen la lucidez suficiente para advertir que la mayoría de los encantos inherentes al fútbol están paradójicamente fuera de los límites del campo de juego.

sábado, 1 de marzo de 2008

Los 100 caminos de Atahualpa Yupanqui

“Y aunque me quiten la vida
o engrillen mi libertad,
y aunque chamusquen quizá
mi guitarra en los fogones,
han de vivir mis canciones
en l’alma de los demás”.

Don Atahualpa Yupanqui


Hay segundos, minutos y horas en que lo único que quieres es congelar el tiempo y dejarte llevar. Hace mucho dejé de creer en la eterna felicidad y a cambio me convertí en un fiel devoto de los instantes felices, idílicos, deslumbrantes, casi irreales, que por cierto trato de exprimirlos con la fuerza de un huracán. Y ahora los quiero recordar, un poco también para resistir la aparición de marzo y toda su maldad inherente de comerciales y útiles escolares varios.

Precisamente uno de esos momentos lo viví en el norte cordobés el pasado 30 de enero, cuando se celebró el centenario del más grande exponente argentino y tal vez latinoamericano de la canción folklórica: don Atahualpa Yupanqui. El mismo que a partir de su irrenunciable amor por la tierra supo descubrir las penurias de la gente más desposeída y plasmarlas en bellísimas melodías. El mismo que demostró que la escuela de la vida es la mayor fuente de aprendizaje y sabiduría.

Don Ata, como se llama respetuosamente a Héctor Roberto Chavero –su verdadero nombre- en Argentina, hubiese cumplido 100 años el 31 de enero, pero la vigilia se programó durante la noche del 30 en las faldas del Cerro Colorado, el mismo lugar donde él escogió vivir. Ahí cantaría Jairo en su honor, junto al bailarín Juan Saavedra y el guitarrista Juan Falú. O sea, era una verdadera fiesta, imperdible para los amantes de la obra de este “caminante que mucho ha caminado”.

De todo esto me enteré sólo unos pocos días antes de la velada. Mientras soporté la lluvia intermitente en el escenario principal de Cosquín el jueves 24, un chico argentino me comentó sobre la actividad, sobre Cerro Colorado y su entorno, y sobre la casa-museo que conserva los tesoros yupanquianos. Así que, cálculos por aquí, cálculos por allá, con unos mínimos sacrificios mediante, debo decir que me sentí un privilegiado cuando por primera vez pisé la tierra que don Ata asumió como su refugio irremplazable.

Durante la mañana, las callecitas del pueblito de Cerro Colorado anunciaban la fiesta: afiches con la figura de Yupanqui, preparativos de puestos artesanales, extractos de sus poemas y sus canciones colgados de los postes, incluyendo aquellos sublimes de esa monumental obra titulada “El payador perseguido”.

Mientras los organizadores ultimaban detalles para el gran espectáculo nocturno, opté por empaparme del entorno donde dejó huellas don Atahualpa. Así que junto a un amigo uruguayo y otro argentino que venían a lo mismo, subimos el mítico Cerro Colorado. Con algunas dificultades alcancé la cima –aunque lo peor fue la bajada- producto de mi paupérrimo estado físico, aunque como dice la canción, lo importante no es llegar primero, sino saber llegar. Y cumplí. Total, no era el primer cerro que había subido en Córdoba.

Resulta que este uruguayo conocía como la palma de su mano la vida y obra de don Atahualpa; vivía en Buenos Aires, era un difusor cultural de renombre que había compartido con importantes músicos de su país y tenía conocimiento acabado del mundo radial. En las caminatas entremedio de los mansos ríos y el sol resplandeciente de aquella mágica tarde, sentía que cada minuto me impregnaba un poco más del espíritu aventurero de don Héctor. Incluso mi nuevo amigo uruguayo sabía cómo el cantor quedó embrujado de Cerro Colorado hasta transformarlo en su aposento. La verdad, una historia fascinante, digna de difundir, muy cercana a la leyenda, pero que quedará para otra oportunidad.

La espera para ingresar al museo-casa fue eterna. A medida que se acercaba la hora de reapertura (es decir, las 4 de la tarde) cada vez más gente se apostaba en las afueras. Personas que no podían comprender por qué el museo, dada la ocasión excepcional de los 100 años, no tenía las puertas abiertas todo el día… Ojo, aspectos a corregir para el bicentenario de don Atahualpa.

Pero tanta espera valió absolutamente la pena una vez que pagué mi entrada. Fue algo así como ingresar en un túnel del tiempo del que no quieres escapar, los pasos de Atahualpa se sienten por los rincones de su casa; cartas, atuendos, instrumentos y esa clásica imagen de su gesto serio, atento y cabizbajo contemplando su inquieta guitarra. En el patio, pequeños bloques de piedra con frases que ya quisieran integrar un compilado de grandes citas de la humanidad. Ahí se llega a comprender por qué dedicó tanto tiempo a componer para su amado “cerro de piedras pintadas”. Claro, con ese río, con ese entorno natural, y con este telón de fondo que es el cerro, entendía perfectamente sus añoranzas por este terruño mientras alzaba el vuelo por todo el orbe.

Aquí fue cuando consolidé mi afición a los museos-casas y mi absoluto rechazo a los museos tradicionales, cuyas paredes parecen mucho más estáticas e inertes. Acá, en cambio, la historia realmente se palpa, se respira, se imagina qué hacía Atahualpa en tales instantes de su vida, cómo dormía, qué cantaba en sus pasajes tristes, cómo compartía con sus paisanos y su familia. El asunto es que pocas veces percibí tanto respeto por parte de los turistas hacia el lugar. Todos parecían interesados en involucrarse carnalmente con la obra de don Ata. Prueba de ello es el silencio reinante mientras la guía de turismo relataba los avatares de su vida, sus reflexiones siempre mordaces, sus años de persecución política por parte del peronismo, su breve afiliación y posterior renuncia al Partido Comunista que, por supuesto, le acarreó enemigos de todo tipo.

Y ahí, debajo de un roble, tal como él lo pidió, en el mismo patio de su morada, yacen las cenizas del “payador perseguido”, un hombre que supo extender la mirada mucho más allá del follaje de los árboles. Que tuvo la ocurrencia de cambiar su nombre original por el del primer y último monarca inca y que sólo después verificó que las palabras rejuntadas querían decir algo así como “el que viene de tierras lejanas a contar”.

Antes de retirarme de este viaje por la historia del canto latinoamericano, felicité a uno de los guías por la atención dispensada y por lo bien conservada que se halla la casa a pesar del transcurso de los años. Le conté sobre la influencia que ejerció la obra de Atahualpa en la música chilena y sobre lo significativo que representó para mí participar en los natalicios de tal vez las figuras más importantes de la canción latinoamericana de todos los tiempos: el año pasado, los 90 años de Violeta Parra en el Parque O’Higgins y hoy los 100 años de don Ata… en su propia casa.

Claro que ahora me pongo a comparar los homenajes y, en realidad, no vale la pena. Sólo para muestra un botón. En el acto de vigilia por Yupanqui, Jairo fue escuchado con un respeto envidiable y la prensa cordobesa y nacional destacó con grandes titulares la ocasión. El año pasado, mientras Isabel Parra con algunos miembros del Inti Illimani interpretaban “Canto para una semilla” de Violeta Parra y Luis Advis, un grupito de jóvenes tocaban batucadas por su cuenta, sin tapujos, sin ninguna conciencia ni consideración por el que está en el escenario y sólo unos pocos medios de prensa cubrieron el evento… Singulares diferencias que demuestran los matices de la valoración a los creadores propios, a uno y a otro lado de la cordillera.

Luego de esta pasada por Cerro Colorado quedé cada vez más convencido que la riqueza de un país no sólo se debe medir en crecimiento económico, niveles de inflación o cosas por el estilo. Los pueblos siempre se mantienen en pie mientras conservan en su memoria a sus referentes culturales, aquellos que se preocuparon de extraer de la tierra misma sus padeceres y sus alegrías. Y en eso, don Atahualpa fue y sigue siendo un verdadero emblema.