domingo, 11 de mayo de 2008

No bastaba con rezar

La milagrosa intromisión del DVD en nuestras vidas ha permitido, entre tantas otras cosas, poder repasar piezas invaluables del cine mundial en un formato cómodo, transportable y de buena calidad. Y también por qué no, tesoros escondidos de la filmografía chilena, títulos que marcaron un hito en determinadas épocas y que sólo en contadas ocasiones podemos hallar en un videoclub.

Una de esas cintas cruciales es “Ya no basta con rezar” (1972), del médico porteño Aldo Francia, destacadísimo hombre, uno de los representantes más genuinos de nuestro patrimonio fílmico. Debo reconocer que hace algún tiempo me obsesioné por ver esta película, desde que pude contemplar el afiche promocional tan decidor y emblemático de un sacerdote que se apresta resueltamente a lanzar una piedra en señal de protesta.

Por cierto, el puerto principal es el telón de fondo de éste, el segundo largometraje del doctor Francia después de “Valparaíso, mi amor”. Ambientada en el año 1967, su mirada sobre Valparaíso es sincera y compasiva, pero no menos comprometida, con sus encantos naturales y dramas humanos, donde los niños y sus rostros desencajados capturan una atención especial, derivada de las rondas del director por los cerros porteños en su rol de pediatra.

“Ya no basta con rezar” es el reflejo de una sociedad convulsionada, fragmentada hasta el límite, algo perdida en su dirección y ávida de cambios radicales. No se puede soslayar que el arte en 1972, plena época de la Unidad Popular, pasó a ser directamente una herramienta política en pos de la consolidación de un sujeto revolucionario o del “hombre nuevo” (que en realidad debiera haber sido “mujer nueva” también); dentro de ello, el cine no fue la excepción.

Tampoco podemos pasar por alto que la nueva directriz de la filmografía chilena –en la cual se enmarca este trabajo audiovisual- surge a partir de las conclusiones del Festival de Cine de 1967 en Viña del Mar, cuyos puntos principales aluden a la línea anti-colonialista de sus cultores y su opción por elaborar películas desde una perspectiva continental.

La arista específica de la que se vale Francia en este filme es la religiosa. Son tiempos en que las jerarquías eclesiásticas católicas aparecen cuestionadas por su extremo conservadurismo y escaso apego a las necesidades sociales más elementales. Desde la otra vereda, emana una corriente alternativa conocida como Teología de la Liberación, que luego del Concilio Vaticano II comienza a ganar adeptos en una Latinoamérica “oprimida”: cristianos comprometidos con desterrar las injusticias que aquejan a los más pobres e involucrados con sus pesares terrenales más que con sus probables designios celestiales.

Ese precisamente es uno de los cuestionamientos que empiezan a atormentar la mente y el espíritu del padre Jaime (Orlando Romo), un novel sacerdote a cargo de un policlínico para atender a pobladores afectados por una epidemia de tifus. Su corazón se estremece al ver la miseria a la que están condenadas miles de personas en los cerros porteños; actúa, no elude su responsabilidad y siente que debe ir mucho más lejos de lo que predica la misma iglesia.

Tras enterarse de una huelga que han iniciado los trabajadores en un astillero cuyo propietario es un conocido multimillonario de la zona, se enciende en el sacerdote la mecha que aún yacía apagada. Invita a sus obispos interlocutores a escuchar sus demandas, pero es ignorado. Paulatinamente, se va interiorizando en el quehacer cotidiano de los obreros, intenta hacer las veces de mediador con el gerente de la fábrica en toma y es testigo de la dura réplica policial cuando los trabajadores alzan la voz, hasta que finalmente abandona su “cubículo” en la parroquia y participa con ellos en la lucha.

La aparente tranquilidad que concede el presente quizá impida un análisis más certero de esta película. Hablamos de una época de polarización absoluta, teñida de blancos y negros, en que adoptar una postura a medias tintas no estaba entre los códigos socialmente permitidos. Con los ojos de hoy, claro está, parecerá una cinta militante, tal vez panfletaria, pero algún defensor podrá contraargumentar que era el papel que debía cumplir el arte en esta, por decir algo, peculiar etapa de nuestra historia.

“Ya no basta con rezar” es un documento que dibuja una de las innumerables caras de ese Chile contradictorio y bullente, cargado de insuficiencias sociales, pero también abierto al debate y a la discusión. De ese Chile que si bien había perdido la brújula, no le temía al conflicto y se prodigaba en construir una sociedad mejor, aunque en ese intento se fuera la vida.

Esa misma faja de tierra en la que muchos sacerdotes tomaron el “ejemplo” del padre Jaime y se esmeraron en llevar un mensaje auténticamente cristiano a los más desposeídos. Me atrevo a decir que, sin estar dentro de los propósitos de Aldo Francia, esta cinta reservó un homenaje para todos aquellos “curas del pueblo” que desde sus modestas capillas brindaron abrigo a los perseguidos durante la tiranía.

Los 80 minutos de duración de la cinta son, inconscientemente para el director, un tributo para Mariano Puga, Roberto Bolton, André Jarlan, Raúl Silva Henríquez y tantos otros anónimos que no les bastó rezar y que no escatimaron esfuerzos para atender las súplicas de quienes precisaban cobijo en ese Chile herido por un golpe feroz.

1 comentario:

Gabriela dijo...

¿Por qué no me prestas esa película para verla? (y algunas otras más).
Creo que el cine chileno alcanzó un gran nivel en aquella época,lamentablemente hoy es muy difícil encontrar dichas películas en el mercado, (salvo El Chacal de Nahueltoro, hoy convertida en un clásico).
Permítanme contarles que debido al gran aprecio que tenían los militares por el cine, hoy contamos solo con una película de todo el período mudo (el Húsar de la muerte, de Pedro Sienna), ya que estos amantes del 7mo arte ametrallaron y destruyeron los estudios de Chilefilm, a pocos días del golpe.
Los rollos que sobrevivieron fueron exiliados a oscuros sótanos para que un día vieran la luz en un país libre.
Bueno, yo todavía espero ese día.